Los Cantos de Trabajo

Son los cantos de trabajo una expresión etno-musical, que se pierde en el tiempo relacionada con una infinidad de labores de ámbito rural (arando, segando, moliendo, cogiendo higos, cogiendo hierba para el ganado, cantos de arriero ,…)

Debido a la desaparición de lo que se ha entendido por ámbito rural, dada la menor presencia humana en los campos y a la alta mecanización de las labores agrarias y ganaderas que disminuyen considerablemente el esfuerzo humano, los cantos de trabajo se han convertido en una expresión inexistente en un ambiente real.  Son solo unos pocos colectivos folklóricos, los que han mantenido en su repertorio estas joyas de valor histórico y cultural.

Canto de arriero.

De camino para la venta, o para la entrega de la mercancía, con la bestia bien cargada, el arriero rompía el silencio de la noche con sus cantares que alargaba y hacía infinitos en el tiempo.

Es enriquecedor encontrar en pleno siglo XXI ejemplos vivientes de un antiguo oficio, como fue el de arriero. Hombres que lucharon contra la oscuridad más absoluta en los montes de esta tierra, caminando con la única compaña de su bestia, a la que cuidaban como si fuera familia, ya que, con ella, se obtenía parte del sustento de la casa.

Segando Trigo, trillando y aventando.

Fueron el trigo, la cebada y el centeno, los más antiguos cultivos en los campos de Tenerife. Los dos primeros ya eran conocidos por los guanches.           

La principal función del trigo en La Orotava, a principios del siglo XX, era la elaboración del gofio, principal sustento del pueblo en épocas de escasez.

En Benijos, barrio situado en la zona de medianías de La Orotava, encontramos aún hoy en día, grandes plantaciones de trigo, y personas que recuerdan épocas pasadas donde el proceso de siega era totalmente manual y donde no faltaban los cantares y las anécdotas.

Nuestras informantes, en este caso, fueron las componentes del taller de costura del grupo de la tercera edad de Benijos -y algunos de sus familiares- en el periodo de 2011 y 2012.

            “Aquí se cosechaban papas bonitas, no se veían papas blancas, un poco de rosadas, pelucas, trigo, chochos y el manchón para el ganado”.

El periodo de siega del trigo, según en la zona que se haya sembrado, oscila entre los meses de junio a finales de agosto. Se formaban cuadrillas de hombres y mujeres, esto, algunas veces, ocasionaba problemas:

            “… si los hombres se acercaban mucho a las mujeres, con el “jace” de trigo que tenías en la mano, le dabas en el “jocico.”

Mientras se segaba, al igual que en otros trabajos del campo, no faltaban los cantares, muchos de ellos “picantes”, en ocasiones buscaban la diversión y otras veces iban envueltos en una doble intencionalidad, sobre todo si iban dirigidos a la contra (novia del chico que te gustaba, o aquella que te quería quitar al novio), a la suegra, al muchacho o la chica que te gustaba. También se hacían ijides.

            “Antes se cantaba cantares picantes cuando se iba a coger el trigo, y toda la gente se viraba a echar cantares.”

             “Eso es lo que cantaban en la huerta de los trigos. Uno se echaba un cantar y otro se echaba otro, ¡ay y los ijides!”

En otras ocasiones, así lo relata doña Natividad, los piques se realizaban entre los distintos ranchos (grupos de trabajo) que se formaban para segar:

            “Cuando se iba a coger el trigo, arrancaba pa´ la porfía, y se hacían ranchos. Unos empezaban por un lado, otros por otro… Se ponían unos más acá, otros más allá y decían”:

Viva mi rancho el de acá

Que el de allá no puede más.

                “Y después respondían los otros”:

Viva mi rancho el de arriba

Que el de abajo trae trabilla.

No podemos pasar por alto la descripción, algo confusa, sobre los cantos de los segadores del Sur de Tenerife, que en su momento hizo Juan Bethencourt Alonso, natural de Arona, y personaje importante de la generación de 1880. Dicha descripción la encontramos publicada en el tomo I de “La flor de la marañuela”, de Diego Catalán:

            “Aunque creemos imposible sea trasladado al pentagrama el canto de los segadores con todo su sabor primitivo, porque desentonada melodía no cabe ser reproducida, acompasado por el tambor, el tajaraste o en seco, monótono y rudo, tiene, sin embargo, un aire de profunda melancolía de que sólo se emancipa el alma con los alegres ajijides, que lanzan de vez en cuando, a manera de sobresalientes, para darle colorido y vida. El segador que quiere llevar la voz prorrumpe de pronto en un ajijide, que es contestado por el rancho, entonando de seguida el dístico, que sirve de estribillo a la multitud, para corearle al final de cada cuarteto, aunque esta regla tiene sus excepciones. Cuando interesa el recitado o para hacer resaltar un concepto o simplemente para reanimares, suelen corear el estribillo cada dos versos o intercalan al capricho los ajijide: estribillo que repite el que romancea para anunciar que ha terminado y va seguido de dos, tres o más ajijide colectivos. También entonan el canto de los segadores cuando un rancho va de camino, en cuyo caso es frecuente que en lugar del estribillo repitan las dos últimas estrofas de cada cuarteto, etc.”

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Cantos en la Era.

Una vez segado el trigo, se hacía en molleros (grandes manojos de trigo) y se llevaba a la era más cercana, para ser trillado. Esta labor se hacía de día, y si estaba soleado mejor, ya que facilitaba el desgranado de la espiga. Una vez trillado se aventaba para separar el grano de la paja, ya que esta se reutilizaba como alimento del ganado e incluso para realizar colchones y albardas.

“Mi abuela tenía una era y yo era una machona y me montaba en el trillo. Y mis primos que no querían que me subiera me mandaron dentro de allí y me llegó la frente al filo de una piedra, que me tuvieron que llevar hasta al médico.  Los chicos decían las chicas no, pero como yo era una machona me metía dentro”.

(María del Carmen Lorenzo Alonso)

“Se aventaba de noche y nos echábamos cantares unos a otros. Jugábamos al anillito y tenías que adivinar quién lo tenía, también hacíamos adivinanzas; esto lo hacíamos cuando no venía viento”.

(Natividad González Rodríguez)

 

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